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¿Por qué ser la pera es bueno y ser un «gorrón» malo? Te explicamos el origen de ambos

29/06/2020, a las 07:36

Interesantes cuanto menos las explicaciones de Luis Larrodera cada mañana sobre algunas expresiones que usamos de manera muy habitual.

En el programa 200 de esta temporada, había que recordar ese famoso lema «Eres la pera, Larrodera» con el que dábamos al bienvenida a nuestro presentador. Un dicho que no hace referencia a la fruta, sino al barrio de lujo y con mayor importancia económica de todo Estambul. Los artículos exclusivos que allí se vendían dio lugar a que dijesen «lo bueno y valioso era (de) la pera».

Por otro lado, ese famoso «gorrón» tiene dos teorías: uno atribuido al gesto de todo aquel aprovechado que, antes de entrar en un banquete o comida, se quitaba el sombrero con tanta tranquilidad que daba la sensación de ser un invitado más; o a los universitarios de Salamanca llamados «capigorristas«. Ellos también eran expertos en vivir del cuento.

 

La diferencia entre ser un «manga verde» o «poner los pies en polvorosa»

 

En el siglo XV, Isabel la Católica decide crear la Santa Hermandad, un grupo de soldados caracterizados por el uniforme de piel hasta la cintura y unas mangas verdes. Ellos se encargaban de detener a los malhechores… Aunque siempre llegaban tarde, recibiendo la burla y crítica de los ciudadanos.

 

 

 

Algo más rápidos fueron los ladrones que, al correr, lograban levantar polvo cuando huían; o el ejército de Alfonso el Magno durante la Reconquista. Dice la leyenda que aprovecharon un eclipse para sorprender al enemigo en Polvorosa y lograr que salieran despavoridos.

 

¿Cuándo ha sido la última vez que te has aburrido como una ostra?

 

Como sucediera con la frase «eres la pera», aquí de nuevo tenemos que quitar responsabilidad a la ostra, porque la frase «aburrirse como una ostra» no viene del molusco, sino del ostracismo.

 

 

 

En la clásica Atenas, este castigo te obligaba a exiliarte durante 10 años, tiempo más que suficiente como para aburrirse. De hecho, existía el «ostracón«, concha o cerámica donde escribían el nombre de la persona exiliada y, por consiguiente, aburrida hasta las trancas.

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