Estás en casa teletrabajando y te muerdes las uñas, pero al final te acercas a la cocina y picoteas cualquier comida que tengas más a mano. O estás sentado viendo la televisión y, sin poder remediarlo, algo dentro de ti de incita, de manera muy insistente, a meterle un bocado a algo, aunque no tengas hambre. Eso ocurre una o dos veces al día y ya se empieza a manifestar con una sensación constate. Esto que muchas veces llamamos ingenuamente ‘gula‘, puede suponer un trastorno conocido como hambre emocional.
Desde el Instituto Europeo de Nutrición y Salud describen el hambre emocional como la tendencia o hábito mediante el cual se utiliza la comida como una forma de sentirse mejor, por lo que podemos decir que se trata de una manifestación de la ansiedad que es la que nos impulsa a ingerir alimentos incluso sin tener hambre como una forma de «gestionar problemas personales».
Estas situaciones, según los expertos, suelen darse en momentos de estrés, cuando estamos más bajos anímicamente o cuando estamos aburridos. Por tanto, este atracón aparentemente inofensivo se encuadra dentro de los trastornos alimenticios, ya que esa supuesta necesidad de comer acecha a quienes la padecen de una forma «descontrolada» e «impulsiva». Es como una manera de afrontar nuestras emociones o sentimientos negativos.

«El hambre emocional suele tener lugar cuando hay algún problema de índole psicológico que repercute en los hábitos alimentarios de la persona y, por lo tanto, en su forma de actuar. Por ejemplo, se puede comer compulsivamente cuando alguien está pasando por un período de nervios o de estrés, o por el contrario puede que a alguien se le cierre el estómago tras recibir una mala noticia», explicó a Europa Press la doctora dietista-nutricionista del Colegio Oficial de Dietistas Nutricionistas de Madrid (CODINMA), Elena Sánchez Campayo.
Una de las consecuencias del hambre emocional es la culpa y, según la institución especialista, le ocurre especialmente a personas que son muy exigentes consigo mismas y aquellas que han probado suerte con dietas sin obtener los resultados deseados. «Una mala rutina también puede aumentar el atracón emocional», agregan.
Los efectos de estos atracones emocionales pueden tener efectos negativos que ponen en peligro la salud y que puede derivar en serias enfermedades como la obesidad, la anorexia o la bulimia. Para evitar estas terribles consecuencias, es necesario conocer los pasos para frenar el hambre emocional:
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