Uno de los platos más recurrentes en invierno es la sopa. Nos viene acompañando desde que se decidió cocinar los alimentos.
El historiador Borja Sacristán explica a EL ESPAÑOL que «las sopas o caldos nacieron de la necesidad de ablandar con agua hirviendo los alimentos más duros que no se podían masticar en crudo. Al tomar el agua el sabor de los alimentos que en ella cocían, en seguida pasó a formar parte de la dieta».
Explica que los caldos vinieron antes que las sopas, siendo de dos tipos: dulces con vegetales aún frescos y ácidos con plantas como la ortiga.
Este plato líquido es consumido en la mayoría de los hogares en Europa, extendido sobre todo desde el reinado de Enrique IV de Francia. Un alimento tan simple que a día de hoy nos sigue conquistando, aunque no todas sus variantes son igual de saludables.
Sabías que…
Hay que diferenciar entre caldo y sopa. El primero es un líquido que contiene agua en la que han hervido además de vegetales, alguna sustancia que contiene proteína. Sin embargo, la sopa es un alimento mucho más espeso y suele servirse con los vegetales y la proteína fragmentados junto a alguna pasta que aporta hidratos de carbono.
Según un estudio de la Escuela de Salud de Harvard, los fideos en la sopa incrementan un 65% el riesgo de la aparición de un síndrome metabólico en mujeres. Llegaron a la conclusión de que las mujeres posmenopáusicas desarrollan mayor sensibilidad al sodio, carbohidratos y las grasas saturadas.
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«Aunque el caldo de la sopa sea de origen natural y vegetal, si se le añaden fideos industriales, la mezcla perderá la categoría de saludable, ya que estos están realizados con harina refinada, azúcar y grasas de mala calidad como el aceite de palma. Además, son un aporte de calorías vacías, sin nutrientes», explica la nutricionista Noelia García.
Además, las sopas preparadas incluyen una gran cantidad de sal y un elevado consumo de sodio al ingerirlas. Equivaldría a ingerir cinco gramos de sal en un día y lo que provoca una absorción insuficiente de potasio. De esta manera, se contribuye a la hipertensión arterial y aumenta el riesgo de problemas cardiacos.
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