Cuando llega el frío sacamos los edredones, es matemático. Dormir calentitos se convierte en uno de los mayores placeres posibles cuando llega la temporada de otoño/invierno (e incluso a veces primavera) pero no siempre encontramos la temperatura perfecta al acostarnos. ¿Cómo lo solucionamos históricamente? Sacando un pie fuera del edredón. Así encontramos el equilibrio entre el calor a veces agobiante de estar todo embutido, o el frío de sacar los dos pies.
¿Sueles adoptar esta popular rutina a la hora de dormir? No te preocupes, porque tiene una explicación científica: el piermostato.
Según el profesor Matthew Walker, profesor de neurociencia en Berkley, EEUU y autor del libro Por Qué Dormimos, nuestro cuerpo necesita perder en torno a un grado de temperatura para poder coger sueño con normalidad.
“Por esta razón, te resultará más fácil quedarte dormido en una habitación demasiado fría que en una demasiado cálida”, declara en un capítulo de su libro.
¿Cómo perdemos ese grado de temperatura? A través de nuestra cabeza, pies y manos. En la piel de nuestras extremidades confluyen una mayor cantidad de vasos sanguíneos cercanos a la superficie, lo que a la hora de dormir resulta muy útil para disipar el calor.
Por esta razón suelen ser las primeras partes del cuerpo que sacamos fuera de la manta o el edredón, porque ayudan a que la temperatura caiga rápidamente y de este modo conciliemos mejor el sueño.
Sabías que…
La cantidad de sueño que necesitamos depende de varios factores entre ellos la edad:
Recién nacidos: necesitan dormir de 16-18 horas al día
Niños en preescolar: 11-12 horas al día
Niños en edad escolar: por lo menos 10 horas al día
Adolescentes: 9-10 horas al día
Existen personas que suelen ponerse calcetines para dormir, incluso en verano. «¿Soy alguien raro por ello?», «¿Mis piermostatos no funcionan bien?», nada de eso.
Volvamos hacia atrás un momento. Habíamos dicho que para coger el sueño necesitábamos perder un grado de temperatura y que para ello actúa la piel de nuestras extremidades, ¿cierto?
Pues en las personas frioleras, los vasos sanguíneos de estas partes, como los pies, se contraen e impiden que se disipe el calor. Por eso al taparlos todo vuelve a la normalidad y se encuentra el equilibrio térmico adecuado.
En cuanto a la calefacción, el ya mencionado Matthew Walker aconseja mantener nuestro dormitorio a una temperatura de 18 grados, puesto que si lo calentamos en exceso, nuestro cerebro no recibirá la instrucción de enfriamiento en el hipotálamo, que es responsable de la liberación de la melatonina, hormona del sueño.
Y a ti, ¿cómo te gusta dormir, muy tapada o sacando el pie? Durante el año solemos cambiar nuestras posturas y hábitos, pero ahora ya sabes el por qué: la regulación de la temperatura.
Parece que por primera vez, ¡quedarse fría es una ventaja!
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